La otra opción es recurrir a pigmentos inorgánicos de base mineral. Para poder aglutinar los distintos componentes utilizados se recurre, en este caso, a silicato potásico líquido y sol de sílice. No se trata de ninguna innovadora fórmula revolucionaria: el sistema se conoce desde finales del siglo XIX, época en la que se patentó y comenzó a popularizarse en Centroeuropa.
La calidad, luminosidad, duración y efecto protector de las pinturas hacen que todavía podamos admirar fachadas con pinturas originales del siglo XIX. Por ejemplo, en Suiza el Mesón “Weiser Adler” en Stein am Rhein o el Ayuntamiento de Schwyz (1891), en Noruega en Oslo (1895) o Traunstein en Alemania (1891).
En la Edad Media ya se conocía el aglomerante de las pinturas minerales con el nombre de “Liquor Silicium”. Johann Wolfgang von Goethe realizó numerosos ensayos con el silicato potásico líquido e hizo concebir grandes esperanzas. Fue el rey Luis I de Baviera quien dio el primer impulso y fomentó los trabajos intensivos de investigación de Adolf Wilheilm Keim.
Los trabajos y la experimentación se fueron sucediendo hasta dar en 2002 con una tercera generación de pinturas que, gracias a la combinación de dos ligantes minerales -el silicato potásico líquido y el sol de sílice- , permite su aplicación sobre soportes minerales, orgánicos y mixtos, abriendo nuevas posibilidades para las pinturas minerales.
Asimismo, las pinturas minerales siguen las normas procedentes de la bioconstrucción. Se fabrican a partir de materias primas minerales, abundantes en la naturaleza, y no contienen disolventes orgánicos. No contaminan, ni en su producción, ni en su aplicación, dando como resultado pigmentos 100% ecológicos.
